Había una vez en lejanas tierras escondidas entre tibias aguas, una pequeña canción que anhelaba ser escuchada.
Una mañana decidida se para al pie de un viejo eucalipto y empieza a rodear su aire, se mete en sus hojas y en sus ramas. El árbol no se inmutaba, permaneció inmóvil y la canción ofendida ante tanta indiferencia recorrió su tronco hasta sus raíces, lo abandonó.
Siguió buscando, mientras flotaba en el aire se encontró con una piedra, y mientras se esmeraba danzando con sus notas limpiaba la piedra de su entristecido y prehistórico polvo, pero esta no respondía.
La terca canción siguió volando entre hojas secas de otoño, ya era medio día estaba deshidratada se fue a las tibias aguas a beber, de pronto no encontró reflejo alguno y se preguntó:
- ¿Qué soy?
- ¿Por qué veo todo, siento todo y nadie me ve, nadie me siente?
La canción deprimida se arrastró por la orilla y descubrió en las tibias aguas círculos que crecían y nacían uno dentro y tras otros, y entonces se dijo:
- ¡Existo!
- Ésta es la prueba.
La canción navegó entre las tibias aguas, entre sus círculos, cuando chocó con un delfín saltando, el delfín percibió la canción, la canción lo rodeo con su danza de notas y el delfín las repetía, saltaba feliz y atrajo mas delfines con toda la algarabía, todos repetían la danza de notas y la reproducían, la canción no podía creerlo estaba anocheciendo y los delfines no dejaban de bailar.
La canción exhausta desapareció, en el aire, al aparecer la luna llena; no se sabe adonde fue o si volverá; dicen que quiso bailar para la luna y floto en su encuentro.
Desde entonces los delfines cantan y saltan en su honor, para esas noches en las que la canción se cansaba y abrazada a la luna soñaba que dormía.
Miércoles 4 de Abril de 2007
00:41 hrs.